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“Uno es uno y todos los demás”

El dramaturgo, escritor, periodista y conductor de TV y radio Mauricio Rosencof integró la organización guerrillera Tupamaros y sobrevivió a las cárceles de la dictadura uruguaya en los años setenta.  Acaba de ser nombrado director de Cultura de la comuna montevideana y vino a Buenos Aires a presentar una obra teatral. 


Tres hombres hacinados en tres calabozos subterráneos de un metro ochenta por sesenta centímetros.  Torturados, incomunicados, sin aire ni luz, durante casi doce años.  Uno de ellos hurga las húmedas paredes en busca de insectos para comer, otro grita sus alucinaciones, el tercero conversa con su alpargata.  Años después, el primero de ellos, Eleuterio Fernández Huidobro;  es senador de la República Oriental del Uruguay, el segundo, José Mujica, es ministro de Ganadería;  y el tercero, Mauricio Rosencof, es designado director de Cultura de la Intendencia de Montevideo.


Rosencof cruza el hall del teatro San Martín como una exhalación.  Lo intercepto y le propongo conversar.  Me saluda calurosamente, me toma de las manos, susurra:  “Lo que necesito ahora es tomar un poco de aire;  después de la obra vemos”, y continúa su carrera hacia el exterior.  Como si quisiera recuperar un poco del aire que le faltó desde 1973 hasta 1984, cuando fue rehén de la dictadura uruguaya junto a otros 8 destacados dirigentes tupamaros.  Cualquier acción que intentara la organización, sería “vengada” por los militares con la tortura o la muerte de esos 9 presos.


Los rehenes debieron recorrer todo el Uruguay de cuartel en cuartel (“¡Menos mal que no me tocó acá!"), condenados a la total soledad, a beber sus propios orines, a dormir sobre el suelo de hormigón, sobresaltados porque cualquier ruido de rejas podía anunciar una nueva sesión de torturas.  “Comíamos  mondongo podrido de una partida de exportación que había sido rechazada”, recuerda Rosencof.. 

El dramaturgo llegó a Buenos Aires el 15 de junio junto a la compañía teatral El Galpón a presentar “Las cartas que no llegaron”, obra basada en su novela del mismo nombre.  El libro es autobiográfico, y entrelaza las historias de la doble persecución que sufrió la familia de Rosencof:  la de sus parientes en Polonia a manos de los nazis, y la propia por parte de la dictadura uruguaya.  Él, preso, para luchar contra la amenaza de la locura y la alienación, recuerda su infancia y reconstruye sus días en su casa familiar, en la que ansiosamente se esperaban las cartas de abuelos y tíos polacos. Las cartas, durante el apogeo del nazismo, cesarían de llegar. 


Mauricio Rosencof presencia la obra desde la tercera fila, junto a su mujer.  En el saludo final, los actores reclaman su presencia en el escenario.  La sala Casacuberta, colmada, lo aclama.  Rosencof evoca a su amigo Juan Gelman y reivindica la búsqueda de los restos de su nuera desaparecida, en el día en que en la Argentina fueron declaradas inconstitucionales las leyes de punto final y obediencia debida.  Dice:   “Por la nuera de Gelman y por todos los demás - porque uno es uno y todos los demás - por esa memoria guardaremos para siempre la obediencia debida”.


Luego sale al hall donde lo espera gran cantidad del público para saludarlo, incluidos varios actores, como Víctor Laplace, Marta Bianchi y Villanueva Cosse.  Se saluda efusivamente y conversa largo rato con Juan Manuel Tenuta y Víctor Hugo Morales. 

El escritor  viste siempre en gamas de azul que hacen juego con sus ojos, vivaces, pícaros;   ojos que ríen todo el tiempo.  Camisa de jean celeste, campera tejida azul marino y sempiterna boina azul.  Nadie en su sano juicio le daría los 72 años que tiene, sobre todo si se detiene en su mirada.


Rosencof es un contador de historias.  Relata cómo se convirtió en escritor:  “Yo vivía en un conventillo del barrio de Palermo, mi viejo era un sastre bolche, mi madre no sabía leer”.  En su juventud fue  periodista y escribía el suplemento de cultura del diario El Popular.  “Estaba ennoviado con la Coca, una vecina.  Cuando me publicaron un cuento en ese suplemento, pasé de ser el hijo del sastre a ser un intelectual.  Ahora la Coca estaba de novia con un intelectual” – narra -  “y entonces iba al almacén con un libro bajo el brazo.   La Coca había descubierto la literatura axilar”, ríe, y se le forman miles de arruguitas en torno a los ojos. 


Este tipo de historias forma el próximo libro que acaba de entregar a la editorial Alfaguara, “El barrio era una fiesta” , donde evoca la vida en su barrio y explica qué sucede cuando un hombre se convierte en escritor. 


De aquel barrio montevideano también surge el origen del nombre de su programa de televisión: “Que nunca falte”.  “Había un vecino, el Negro Varela, que iba siempre al boliche.  Para tomarle el pelo – expresa Rosencof - le ofrecían leche, y él respondía:  Bebida blanca, ni Dios permita".  Pedía una copa de vino ‘pa’l cutis’, la alzaba y brindaba diciendo ‘Que nunca falte”.  El escritor explica que “estas pequeñas historias hacen a la esencia de nuestra vida, y eso sólo lo rescatan los escritores”. 


En este programa, que se ve aquí  cinco veces por semana por canal (á), Rosencof aborda un determinado tema desde los ángulos de la literatura, la historia, el cine, el arte y la música.  Lo hace junto a dos invitados, representantes de diferentes disciplinas.  Las últimas emisiones estuvieron dedicadas a Gardel, el ajedrez, los boliches y las reliquias religiosas.


Mauricio se refiere irónicamente a su época en prisión como “la peripecia”, y a los calabozos que debió transitar como “el nicho”.   Habla de la importancia de las cartas de su pequeña hija cuando estaba preso:  “En cana te llegaba una carta cada tres meses, toda tachada, y sin embargo esa carta revoloteaba como una mariposa de luz ahí adentro durante días”.  También en su hogar natal la llegada del cartero era muy importante, porque significaba que la familia en Polonia estaba a salvo.  “En casa, cuando venía el cartero estaba todo bien”, dice Rosencof.  Su padre las reservaba para leer el domingo, en la mesa de la cocina.  Más adelante,  “Empezó la guerra y el cartero dejó de pasar.  Los domingos, mi padre leía cartas igual, pero eran cartas viejas”. 


Consultado sobre cómo se las arregló para escribir parte de su obra en prisión, como fue el caso de la pieza “La Margarita”, Mauricio relata que un día apareció en su calabozo un guardia y le dijo:  “Ordena decir el sargento si usted es el escritor”.  Èl, sorprendido porque los soldados tenían prohibido hablarle, asintió tímidamente y el guardia le espetó:  “Ordena que le escriba una carta a su novia”.  El arte de Rosencof logró convencer a la novia del sargento y se corrió la voz.  “Eso tenía valor de canje”, detalla Rosencof,  “a cambio de cartas y poemas conseguí cigarrillos, un pedazo de pan, una vez hasta un huevo duro.  Yo ya tenía escrita La Margarita en la cabeza, y cuando un soldado me dejó la parte de adentro de una birome,  la escribí en hojillas de fumar y la metí en el dobladillo de la ropa que mandaban a lavar a casa cada mes y medio.   Así salió”, cuenta el escritor.


El dramaturgo explica cómo logró sobrevivir en aquel entorno infernal.  “La realidad tangible no era vivible;  tenías que vivir en la imaginación, en la fantasía, con el riesgo de quedarte empantanado, como les pasó a algunos compañeros”.  Había que “escalar cada minuto, y una de las cosas que reconstruí en mi mente  fueron todas las relaciones con mis novias”.  Se imaginaba que, en lugar de haber roto con cada una de ellas, la unión había evolucionado.   “¡Al final tenía una guardería en el calabozo!”, ríe. 

Consultado acerca de la derrota que sufrió su grupo guerrillero en 1972, responde:  “Nos caminaron”.  Luego reflexiona y agrega:  “Pero las cosas se miden en el tiempo;  ahora ganamos las elecciones.  La derrota y la victoria no existen, son circunstancias.  El camino de la militancia social es muy amplio, para toda la vida, y hay estaciones en ese camino”. 


En la noche del jueves 16 de junio, Rosencof ofreció una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras.  Al acercarse a la mesa, notó que sobre ella había una colilla de cigarrillo y socarronamente dijo:  “Esto lo guardo, uno nunca sabe”.

El tema de la charla, a la que asistieron 150 estudiantes de la Facultad,  fue “El hombre es su memoria”. “El hombre es su memoria como una nación es su historia”, afirmó el escritor.  “El olvido no existe.  Como escribió mi amigo Mario Benedetti:  ‘El olvido está lleno de memoria”.  Se declaró fascinado por la incógnita de la capacidad que tiene el organismo para despertar recuerdos, por develar qué motiva que se despierten. “¿Cómo es que de pronto te asalta un recuerdo, de dónde viene?”, se preguntó.

Al comenzar la charla, dos niños pequeños intentaron entrar a la sala.  Mauricio rió y preguntó desde qué edad se admitían alumnos en esa Facultad.  Cuando la coordinadora le explicó que esos chicos venían a pedir limosna, Rosencof se quedó serio y reflexivo.  Narró una historia sobre los indios xavantes de Brasil, que en el año 40 fueron llevados a conocer San Pablo.  El grupo de indígenas se mostró muy asombrado con los edificios, los autos y el funcionamiento de la gran ciudad, hasta que vieron un niño que comía de la basura.  Desde ese instante perdieron todo interés en la visita, y al volver a su aldea, el incidente del niño fue lo primero que contaron a sus vecinos.   Cuando la charla terminaba, una hora y media más tarde, Rosencof afirmó:  “El acontecimiento más impactante de esta reunión fue la entrada de esos dos niños”.

Muchos estudiantes lo rodean al terminar la conferencia.  Algunos le acercan sus libros para firmar, otros le solicitan entrevistas, una chica le regala el borrador de una novela que está escribiendo.   Todos lo miran con admiración y cariño, una de las chicas lagrimea emocionada y Rosencof la abraza.  Un chico lo felicita por no haber perdido nunca el sentido del humor, y una mujer le dice:  “Ustedes para mí eran héroes.  Me alegra que usted no haya muerto joven”; a lo que Rosencof responde:  “¡Todavía puedo morir joven!”, y todos reímos.


El 7 de julio Mauricio Rosencof asumirá el cargo de director de Cultura de la frenteamplista Intendencia de Montevideo.  Le pregunto acerca de sus proyectos de gobierno y responde:  “Entre nosotros, no tengo la menor idea”.  Luego ríe abiertamente; es evidente que no quiere revelar sus planes.  Sí se refiere a su concepción de la cultura:  “La cultura está en todas partes:  en la calle, en las lonjas, en la murga, y a veces en el teatro”.  Subraya que hay una tradición de lucha social entre los escritores uruguayos desde siempre, y nombra a Mario Benedetti, Eduardo Galeano y Juan Carlos Onetti.

El escritor volverá a Buenos Aires en septiembre para presentar su nueva novela, “El enviado del fuego”, que transcurre en un manicomio.

Al despedirme, le deseo suerte en su futura gestión.  Sus ojos sonríen, como siempre, y me contesta:  “La voy a necesitar.”

Articolo di Laura Kopouchian




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