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MARIO VARGAS LLOSA

La Fiesta del Chivo

última novela de Mario Vargas Llosa

Capítulo XIX


Cuando Antonio de la Maza vio las caras con que volvían el general Juan Tomás Díaz, su hermano Modesto y Luis Amiama supo, antes de que abrieran la boca, que la búsqueda del general Román había sido inútil.

Habían dado vueltas por todos los lugares donde podía hallarse, incluido el Estado Mayor, en la Fortaleza 18 de Diciembre; pero Luis Amiama y Bibín Román, hermano menor de Pupo, fueron echados de allí por la guardia de mala manera: el compadre no podía o no quería verlos.

Conversaban de pie, en la sala del general Juan Tomás Díaz. Chana, la joven esposa de éste, les alcanzó unas limonadas con hielo.

Antonio de la Maza, que había permanecido sin hablar, sintió una oleada de ira recorriéndole el cuerpo.

Las expresiones escépticas de Juan Tomás, Amiama y Modesto Díaz, lo exasperaron aún más. Al poco rato se sumaron a ellos Salvador Estrella Sadhalá, quien acababa de dejar a Antonio Imbert y a Amadito donde el médico, y el doctor Vélez Santana, que había acompañado a Pedro Livio Cedeño a la Clínica Internacional. Quedaron consternados con la desaparición de Pupo Román. También a ellos les pareció una temeridad inútil, un suicidio, la idea de Antonio de infiltrarse en Palacio Nacional disfrazados de oficiales. Y todos se opusieron con energía a la nueva propuesta de Antonio:  llevar el cadáver de Trujillo al parque Independencia y colgarlo en el baluarte, para que el pueblo capitaleño viera cómo había terminado. El rechazo de sus compañeros, provocó en De la Maza una de esas rabietas destempladas de los últimos tiempos. ¡Miedosos y traidores! ¡No estaban a la altura de lo que habían hecho, librando a la Patria de la Bestia! Cuando vio entrar a la sala, con los ojos asustados por la gritería, a Chana Díaz, comprendió que había ido demasiado lejos. Masculló unas excusas a sus amigos y se calló. Pero, adentro, sentía arcadas de disgusto.

Muy pálido, Antonio de la Maza asintió. Sí, después de todo, Amiama, que tanto había trabajado para incorporar militares y jerarcas del régimen a la conjura, tal vez tenía razón.  Luis Amiama y Modesto Díaz decidieron irse cada uno por su cuenta; pensaban que, separados, tenían más posibilidades de pasar inadvertidos. Antonio persuadió a Juan Tomás y el Turco Sadhalá de que permanecieran unidos.  Barajaron posibilidades -parientes, amigos- que fueron descartando; todas esas casas serían registradas por la policía. Quien dio un nombre aceptable fue Vélez Santana:

Los llevó en su automóvil. Ni el general Díaz ni el Turco lo conocían personalmente; pero Antonio de la Maza era amigo del hermano mayor de Robert, Donald Reid Cabral, quien trabajaba en Washington y New York para la conspiración. La sorpresa del joven médico, al que cerca de la medianoche vinieron a despertar, fue mayúscula. No sabía nada del complot; ni siquiera estaba al tanto de que su hermano Donald colaboraba con los americanos. Sin embargo, apenas recuperó el color y la palabra, se apresuró a hacerlos pasar a su casita de dos pisos estilo morisco, tan angosta que parecía salida de un cuento de brujas. Era un muchacho lampiño, de ojos bondadosos, que hacía esfuerzos sobrehumanos para disimular su desazón. Les presentó a su mujer, Ligia, embarazada de varios meses. Ella tomó la invasión de forasteros con benevolencia, sin mucha alarma. Les mostró a su hijito de dos años, al que habían instalado en un rincón del comedor.  La joven pareja guió a los conjurados hasta un estrecho cuartito del segundo piso que servía de desván y despensa. Casi no tenía ventilación y el calor resultaba insoportable, por el techo tan bajo. Sólo cabían sentados y con las piernas recogidas; cuando se enderezaban tenían que permanecer agachados para no darse contra las vigas. Esa primera noche, apenas notaron la incomodidad y el calor; la pasaron hablando a media voz, tratando de adivinar lo ocurrido con Pupo Román: ¿por qué se hizo humo, cuando todo dependía de él? El general Díaz recordó su conversación con Pupo, el 24 de mayo, cumpleaños de éste, en su finca del kilómetro catorce. Les aseguró a él y a Luis Amiama que tenía todo listo para movilizar a las Fuerzas Armadas
apenas le mostraran el cadáver.

Marcelino Vélez Santana se quedó con ellos, por solidaridad, pues no tenía razón para ocultarse. A la mañana siguiente, salió en busca de noticias.  Volvió poco antes del mediodía, demudado. No había levantamiento militar alguno. Por el contrario, se advertía una frenética movilización de «cepillos» del SIM y de jeeps y camiones militares. Las patrullas registraban todos los barrios. Según rumores, cientos de hombres, mujeres, viejos y niños, eran sacados a empellones de sus casas y llevados a La Victoria, El Nueve o La Cuarenta. También en el interior había redadas contra los sospechosos de antitrujillismo. Un colega de La Vega contó al doctor Vélez Santana que toda la familia De la Maza, empezando por el padre, don Vicente, y siguiendo con todos los hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas, primos y primas de Antonio, habían sido arrestados en Moca. Ésta era ahora una ciudad ocupada por guardias y caliés. La casa de Juan Tomás, la de su hermano Modesto, la de Imbert y la de Salvador estaban rodeadas de parapetos con alambres y guardias armados.

Antonio no hizo comentario alguno. No tenía por qué sorprenderse. Siempre supo que, si el complot no triunfaba, la reacción del régimen sería de una inigualable ferocidad. Se le encogió el corazón imaginando a su anciano padre, don Vicente, y a sus hermanos, vejados y maltratados por Abbes García. A eso de la una de la tarde, aparecieron por la calle dos Volkswagen negros llenos de caliés. Ligia, la esposa de Reid Cabral -él había ido a su consultorio, para no despertar sospechas en el vecindario- vino a susurrarles que hombres de civil con metralletas registraban una casa vecina. Antonio estalló en improperios (aunque bajando la voz):

-Debieron hacerme caso, pendejos. ¿No era preferible morir peleando en el Palacio que en esta ratonera?

A lo largo del día, discutieron y se hicieron reproches, una y otra vez. En una de esas disputas, Vélez Santana estalló. Cogió por la camisa al general Juan Tomás Díaz, acusándolo de haberlo complicado gratuitamente en un complot disparatado, absurdo, en el que ni siquiera habían previsto la fuga de los conspiradores. ¿Se daba cuenta de lo que les iba a ocurrir ahora? El Turco Estrella Sadhalá se interpuso entre ellos, para evitar que se pegaran.  Antonio se aguantaba las ganas de vomitar.  La segunda noche estaban tan exhaustos de discutir e insultarse, que durmieron, unos sobre otros, usándose respectivamente como almohadas, chorreando sudor, medio asfixiados por la candente atmósfera.  El día tercero, cuando el doctor Vélez Santana trajo a su escondite El Caribe y vieron sus fotos bajo el gran titular: «Asesinos buscados por la muerte de Trujillo», y, más abajo, la foto del general Román Fernández abrazando a Ramfis en los funerales del Generalísimo, supieron que estaban perdidos. No habría Junta cívico-militar. Ramfis y Radhamés habían vuelto y el país entero lloraba al dictador.

Se había quitado los zapatos, tenía los pies muy hinchados y acezaba. 

 ¿Adónde irían? Todo el 2 de junio lo pasaron considerando posibles planes de fuga. Poco antes del mediodía, dos «cepillos» con caliés pararon en la casa del frente y media docena de hombres armados entraron en ella, abriendo la puerta a golpes. Alertados por Ligia, aguardaron, con los revólveres listos. Pero los caliés partieron, arrastrando a un joven al que habían puesto esposas. De todas las sugerencias, la mejor parecía la de Antonio: conseguir un auto o camioneta y tratar de llegar a Restauración, donde él, por sus fincas de pino y de café y el aserradero de Trujillo que administraba, conocía mucha gente. Estando tan cerca de la frontera, no les sería difícil cruzar a Haití. ¿Pero, qué carro conseguir? ¿A quién pedírselo? Esa noche tampoco pegaron los ojos, atormentados por la angustia, la fatiga, la desesperanza, las dudas. A medianoche, el dueño de casa, con lágrimas en los ojos, subió al altillo:

Le juraron que partirían al día siguiente, como fuera. Así lo hicieron, al atardecer del 4 de junio. Salvador Estrella Sadhalá decidió irse por su cuenta. No sabía adónde, pero pensaba que, solo, tenía más posibilidades de escapar que con Juan Tomás y Antonio, cuyos nombres y caras eran los que más aparecían en la televisión y los periódicos. El Turco fue el primero en partir, a diez para las seis, cuando comenzaba a oscurecer. Por las persianas del dormitorio de los Reid Cabral, Antonio de la Maza lo vio caminar deprisa hasta la esquina, y allí, alzando las manos, parar un taxi.  Sintió pena: el Turco había sido su amigo del alma y nunca se habían reconciliado a fondo, desde aquella maldita pelea. No habría otra oportunidad.

El doctor Marcelino Vélez Santana decidió quedarse todavía un rato con su colega y amigo, el doctor Reid Cabral, a quien se notaba abrumado. Antonio se afeitó el bigote y se embutió hasta las orejas un sombrero viejo que encontró en el desván. Juan Tomás Díaz, en cambio, no hizo el menor esfuerzo por disfrazarse. Ambos abrazaron al doctor Vélez Santana.

Ligia Reid Cabral, cuando el los le agradecían la hospitalidad, se echó a llorar y les hizo la señal de la cruz: «Dios los proteja».

Caminaron ocho cuadras, por calles desiertas, con las manos en los bolsillos, apretando los revólveres, hasta la casa de un concuñado de Antonio de la Maza, Toñito Mota. Tenía una camioneta Ford; quizá se la prestara o aceptara dejársela robar. Pero Toñito no estaba en casa, ni la camioneta en el garaje. El mayordomo que abrió la puerta reconoció en el acto a De la Maza: «¡Don Antonio! ¡Usted, acá!». Puso una cara despavorida, y Antonio y el general, seguros de que, apenas partieran, llamaría a la policía, se alejaron deprisa. No sabían qué carajo hacer.

Los dos se rieron, con unas risitas intensas y fugaces. En la avenida
Pasteur, durante un buen rato trataron de parar un taxi. Los que pasaban, iban llenos.

Por fin, paró un taxi. Subieron, y, al ver que vacilaban en indicarle dónde querían ir, el chofer, un moreno gordo y canoso en mangas de camisa, se volvió a mirarlos. En sus ojos vio Antonio de la Maza que los había reconocido.

El moreno asintió, sin abrir la boca. Poco después, murmuró que se estaba quedando sin gasolina; tenía que llenar el tanque. Cruzó por la 30 de Marzo, donde el tráfico era más denso, y en la esquina de San Martín y Tiradentes, se detuvo en una gasolinera Texaco. Se bajó del auto para abrir el tanque.  Antonio y Juan Tomás tenían ahora los revólveres en las manos. De la Maza se sacó el zapato derecho y manipuló el taco, del que extrajo una pequeña bolsita de papel celofán, que guardó en su bolsillo. Como Juan Tomás Díaz lo miraba intrigado, le explicó:

Volvieron a reírse, con la misma risita feroz y triste.

Le ordenaron al chofer que volviera a la zona colonial. A Antonio se le
había ocurrido algo, y una vez que estuvieron en el centro antiguo, ordenaron al taxista que entrara por la calle Espaillat, desde la Billini. Allí vivía el abogado Generoso Fernández, al que ambos conocían. Antonio recordaba haberlo oído hablar pestes de Trujillo; tal vez podría facilitarles un vehículo. El abogado se acercó a la puerta, pero no los hizo pasar. Cuando pudo recuperarse de la impresión -los miraba horrorizado, pestañeando- sólo atinó a reñirlos, indignado:

Les dio con la puerta en las narices. Volvieron al taxi. El viejo moreno seguía dócilmente sentado al volante, sin mirarlos. Luego de un rato, masculló:

Antonio sintió alivio. Este ridículo recorrido sin rumbo terminaba, por fin. 

Mejor acabar pegando tiros que como un par de pendejos.

Se volvieron. Había dos Volkswagen verdes siguiéndolos a unos diez metros de distancia.

Había mucho tráfico. El chofer, maniobrando, consiguió abrirse paso entre una guagua con racimos de gente colgada de las puertas y un camión. Frenó en seco, a pocos metros de la gran fachada de cristales de la ferretería Reid.  Al saltar del taxi, con el revólver en la mano, Antonio alcanzó a darse cuenta que las luces del parque se encendían, como dándoles la bienvenida.  Había limpiabotas, vendedores ambulantes, jugadores de rocambor, vagos y mendigos pegados a las paredes. Olía a fruta y frituras. Se volvió a apurar a Juan Tomás, que, gordo y cansado, no conseguía correr a su ritmo. En eso, estalló la balacera a sus espaldas. Una gritería ensordecedora se levantó alrededor; la gente corría entre los autos, los carros se trepaban a las veredas. Antonio oyó voces histéricas: «¡Ríndanse, carajo!». «¡Están rodeados, pendejos!» Al ver que Juan Tomás, exhausto, se paraba, se paró también a su lado y comenzó a disparar. Lo hacía a ciegas, porque caliés y guardias se escudaban detrás de los Volkswagen, atravesados como parapetos en la pista, interrumpiendo el tráfico. Vio caer a Juan Tomás de rodillas, y lo vio llevarse la pistola a la boca, pero no alcanzó a dispararse porque varios impactos lo tumbaron. A él le habían caído muchas balas ya, pero no estaba muerto. «No estoy muerto, coño, no estoy.» Había disparado todos los tiros de su cargador y, en el suelo, trataba de deslizar la mano al bolsillo para tragarse la estricnina. La maldita mano pendeja no le obedeció. No hacía falta, Antonio. Veía las estrellas brillantes de la noche que empezaba, veía la risueña cara de Tavito y se sentía joven otra vez.

Una publicación de Editorial Alfaguara Internacional.  ©2000.

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